sexta-feira, 13 de abril de 2012

A Ilha Negra

A Ilha Negra

A Ilha de Ouro

A Ilha de Ouro, que fica no Mediterrâneo, muito perto de Saint Raphael, inspirou Hergé na criação da Ilha Negra, hipoteticamente situada na Escócia. A Ilha de Ouro foi vendida pelo governo francês, em 1897, por 280 francos, a um tal Senhor Sergente. Ele perdeu-a, a favor de Auguste Lutaud, um médico, depois de ter comido um suculento bouillabaisse seguido de um jogo de cartas. Lutaud construiu uma réplica de uma torre sarracena. Satisfeito com o resultado, proclamou-se como Augusto I, rei da Ilha de Ouro. Organizou uma sumptuosa cerimónia de coroação em 25 de Setembro de 1913.

quarta-feira, 11 de abril de 2012

Terá a Cultura regredido?

Terá a Cultura regredido? Esta é uma das preguntas-chave do novo livro de Mario Vargas Llosa: "A civilização do espetáculo".

Sobre o assunto podemos ouvir Mario Vargas Llosa aqui.

Artigo de Winston Manrique Sabogal publicado no site do jornal El País:

"El siglo XX terminó dando los cuartos y el XXI pasó a dar las campanadas que anuncian el fin de la Cultura. Al menos como se conoce tradicionalmente, no solo como creación y reflexión, sino también como moldeadora de cierto orden en la sociedad y guía en la vorágine del conocimiento. A cambio ha entrado de lleno La civilización del espectáculo, como la llama Mario Vargas Llosa en su nuevo libro, editado por Alfaguara. Un ensayo en el que analiza la situación dominada, según el Nobel, por la banalización de las artes, la pérdida de valores estéticos donde todo se iguala, la frivolidad de la política, el deslizamiento del periodismo hacia el amarillismo y la obsesión por convertir todo en diversión. Un libro que abre un debate al que se unen personajes de la cultura, en cuyas reflexiones parecen filtrarse, con optimismo, aquello de: ¡La cultura ha muerto, viva la cultura!

“Yo no hablaría de retroceso, sino de cambios en el producto cultural con consecuencias positivas y negativas”, aclara la filósofa Victoria Camps. O, acaso, “¿Quién puede saber cuál es el retroceso, cuál el progreso? Hay un punto en el que prácticamente es imposible saber si hay degradación o el cambio que puede llevar a otras formas desconocidas”, explica Victoria Cirlot, experta en cultura y literatura medieval.

El mayor retroceso, según José Manuel Blecua, director de la Real Academia de la Lengua, es que se ha identificado la cantidad con la calidad. “El brillo efímero del mercado —y la tiranía de las estadísticas— con el éxito. Hemos perdido valores tan esenciales como el tesón y el sacrificio, necesarios para lograr resultados en cualquier campo del saber”. Blecua también echa de menos el sentido crítico y que se piensa poco mientras somos víctimas de las prisas. Recuerda que ya en 1975, Álvaro Cunqueiro dijo que “el periodismo está enfermo de superabundancia'. ¿Qué comentaría ahora? Es fácil de suponer. Disponemos de más información que nunca, pero es dudoso que sepamos más que antes”. Aunque sin mostrarse apocalíptico ni menospreciar los avances y el acceso a los recursos que proporcionan las tecnologías cree conveniente cambiar el modelo: “Devolver el gusto por el estudio sosegado y abandonar la velocidad, sobre todo si desconocemos la dirección, el destino del viaje”.

Pero el porvenir nunca debe ser fácil, según la poeta Clara Janés. Y menciona una frase de Whitehead citada por Ilya Prigogine en ¿Tan sólo una ilusión?: “El futuro tiene que ser peligroso... Los grandes progresos de la civilización son procesos que fundamentalmente destruyen la sociedad en que se producen”.

Y entre los cambios que se están produciendo hay uno que se impone de forma irreversible, sentencia el cineasta Jaime Rosales: “El valor de lo efímero sobre lo duradero. Es lo más característico de nuestra sociedad: primar el presente y sus contingencias sobre la trascendencia de valores y conocimientos adquiridos a través de los siglos. Una Cultura, la nuestra, que no dejará huella”.

Una cultura espectáculo, según Victora Camps, propiciada por la importancia de la imagen y la tiranía de la audiencia, que lo simplifica todo y lo convierte en puro entretenimiento. “Tiene la virtud de que es más democrática y llega a más gente. El problema es quedarse sólo con ese soporte cultural y no complementarlo con otros soportes más clásicos”. Aplaude que el acceso a la cultura han aumentado, “pero si la persona no ha aprendido a discernir y a seleccionar, la cultura espectáculo no la hará más culta”.

Algo que, recuerda Cirlot, el culto a las apariencias, al efectismo, desagradan por haber perseguido siempre la autenticidad. Y aun así, y, tristemente, se pregunta: “¿Quién nos puede asegurar que es mejor lo profundo que lo superficial, lo difícil que lo fácil, lo permanente que lo efímero? Ciegos, como siempre, ante el muro del destino”.

El filósofo Manuel Cruz recomienda tomarse la banalidad en serio “o, si se prefiere formular esto mismo de una manera algo más filosófica (y un punto grandilocuente), la posmodernidad no es la causa de nada, sino el efecto de algo. Si no se atiende a los cambios en la estructura del mundo real (en la economía, en la sociedad, en la política, en la entera vida) y se queda uno en el mero reflejo en la esfera de lo imaginario, no hay forma de ir más allá del teatral lamento por el regreso de la barbarie (o por la apología de la ignorancia: la otra cara de la misma moneda). Lo peor de esta afectada actitud es que parece colocar la solución en un imposible regreso a unos presuntos buenos tiempos perdidos en materia de alta cultura”.

El académico José Manuel Sánchez Ron no cree que a nivel de creadores haya un retroceso. “Otra cosa es la cultura entendida como cultura popular. Existe una tensión entre la información y la reflexión; hay que saborear el conocimiento, y a pesar de la tecnología esta tiende a producir para muchos una cultura banal. Otra cosa es que esa inundación de facilidades termina para muchas personas prostituyendo ese ideal de cultura clásica”.

Ante el posible retroceso, la filósofa Adela Cortina empieza diciendo: “A lo verdadero, a lo bello, a lo bueno'. Esta leyenda, que figura en la Antigua Ópera de Frankfurt, resume las aspiraciones de una cultura con capacidad creadora, con capacidad de ilusionar”. Es clara en afirmar que el saber, la música, la literatura, la moral y la política no pueden convertirse en mercancía y reducirse a pura diversión. “Y no solo porque cuando el espectáculo invade la vida entera no quedan sino gentes pasivas, superficiales, víctimas fáciles de la manipulación, sino también porque han perdido el gusto por lo más hermoso. Contagiar en la educación de los ciudadanos y los profesionales la estima de los mejores valores, enseñarles a degustarlos, suscitar el impulso de las grandes aspiraciones es indispensable para revitalizar una cultura decadente, que se nos está escurriendo por las rendijas de la banalidad”.

Y resurge la voz de la poeta, de Janés, recordando que no hay marcha atrás y que sólo se puede intensificar la reflexión y la responsabilidad. “Tal vez no tenemos aún las directrices, pero no hay que sucumbir al hecho de que la naturaleza ignora la ética y está en 'la atrocidad de una contienda eterna', según Arthur Schweitzer. Hay que decir con el Mahabharata: 'El destino es poderoso pero la acción es igualmente poderosa. Es la acción la que da forma al destino”.

A civilização do espetáculo

Acaba de ser publicado em Espanha o ensaio de Mario Vargas Llosa "La civilización del espectáculo". Há tempos, o jornal El País publicou o prólogo do ensaio:

"Este ensayo fue naciendo en los últimos años sin que yo me diera cuenta, a raíz de la incómoda sensación que solía asaltarme a veces visitando exposiciones, asistiendo a algunos espectáculos, viendo ciertas películas, obras de teatro o programas de televisión, o leyendo ciertos libros, revistas y periódicos, de que me estaban tomando el pelo y que no tenía cómo defenderme ante una arrolladora y sutil conspiración para hacerme sentir un inculto o un estúpido.

Este libro es mi alegato de defensa. Cuando comencé a escribirlo descubrí que llevaba tiempo tocando algunos de sus temas de manera fragmentaria en artículos y polémicas, y eso explica que cada capítulo tenga como colofón unos "antecedentes" que reproducen aquellos textos tal como fueron publicados (con la ocasional corrección de una errata o una falta de puntuación). Pero he utilizado también, en algunos capítulos, partes, a veces muy amplias, de ensayos y charlas, introduciendo en estos textos, allí sí, enmiendas importantes. Pese a todos esos collages creo que el libro es un ensayo orgánico que fui elaborando a lo largo de años aguijoneado por un tema inquietante y fascinante: cómo la cultura dentro de la que nos movemos se ha ido frivolizando y banalizando hasta convertirse en algunos casos en un pálido remedo de lo que nuestros padres y abuelos entendían por esa palabra. Me parece que tal transformación significa un deterioro que nos sume en una creciente confusión de la que podría resultar, a la corta o a la larga, un mundo sin valores estéticos, en el que las artes y las letras -las humanidades- habrían pasado a ser poco más que formas secundarias del entretenimiento, a la zaga del que proveen al gran público los grandes medios audiovisuales, y sin mayor influencia en la vida social. Ésta, resueltamente orientada por consideraciones pragmáticas, transcurriría entonces bajo la dirección absoluta de los especialistas y los técnicos, abocada esencialmente a la satisfacción de las necesidades materiales y animada por el espíritu de lucro, motor de la economía, valor supremo de la sociedad, medida exclusiva del fracaso y del éxito, y, por lo mismo, razón de ser de los destinos individuales.

Ésta no es una pesadilla orwelliana sino una realidad perfectamente posible a la que, insensiblemente, se han ido acercando las naciones más avanzadas y libres del planeta, las del Occidente democrático y liberal, a medida que los fundamentos de la cultura tradicional entraban en bancarrota, se iban desintegrando, y los iban sustituyendo unos embelecos que han ido alejando cada vez más del gran público las creaciones artísticas y literarias, las ideas filosóficas, los ideales cívicos, los valores y, en suma, toda aquella dimensión espiritual llamada antiguamente la cultura, que, aunque confinada principalmente en una elite, desbordaba en el pasado hacia el conjunto de la sociedad e influía en ella dándole un sentido a la vida y una razón de ser a la existencia que trascendía el mero bienestar material del ciudadano. Nunca hemos vivido como ahora en una época tan rica en conocimientos científicos y hallazgos tecnológicos ni mejor equipada para derrotar la enfermedad, la ignorancia y la pobreza y, sin embargo, acaso nunca hayamos estado tan desconcertados y extraviados respecto a ciertas cuestiones básicas como qué hacemos aquí en este astro sin luz propia que nos tocó, si la mera supervivencia es el único norte que justifica la vida, si palabras como espíritu, ideales, placer, amor, solidaridad, arte, creación, alma, trascendencia, significan algo todavía, y, si la respuesta es positiva, qué es exactamente lo que hay en ellas y qué no. Antes, la razón de ser de la cultura era dar una respuesta a este género de preguntas, pero lo que hoy entendemos por cultura está exonerada por completo de semejante responsabilidad, ya que hemos ido haciendo de ella algo mucho más superficial y voluble, o una forma de diversión ligera para el gran público o un juego retórico, esotérico y oscurantista para grupúsculos vanidosos y de espaldas al conjunto de la sociedad.

La idea de progreso es engañosa. Quién, que no fuera un ciego o un fanático, podría negar que una época en la que los seres humanos pueden viajar a las estrellas, comunicarse al instante salvando todas las distancias gracias al Internet, clonar a los animales y a los humanos, fabricar armas capaces de volatilizar el planeta e ir destruyendo con nuestras prodigiosas invenciones industriales el aire que respiramos, el agua que bebemos y la tierra que nos alimenta, ha alcanzado un desarrollo sin precedentes en la historia de la humanidad. Al mismo tiempo, nunca ha estado menos segura la supervivencia de la especie por los riesgos de una confrontación atómica, la locura sanguinaria de los fanatismos religiosos y la erosión del medio ambiente, y acaso nunca haya habido, junto a las extraordinarias oportunidades y condiciones de vida de que gozan los privilegiados, el contraste de la pavorosa miseria y las atroces condiciones de vida que todavía padecen, en este mundo tan próspero, centenares de millones de seres humanos, y no sólo en el llamado Tercer Mundo, también en enclaves de horror y vergüenza en el seno mismo de las ciudades más opulentas del planeta.

En el pasado, la cultura tuvo siempre que ver con esos temas y fue a menudo el mejor llamado de atención ante semejantes problemas, una conciencia que impedía a las personas cultas dar la espalda a la realidad cruda y ruda de su tiempo. Ahora, más bien, lo que llamamos cultura es un mecanismo que permite ignorar los asuntos problemáticos, distraernos de lo que es serio, sumergirnos en un momentáneo "paraíso artificial", poco menos que el sucedáneo de una calada de marihuana o un jalón de coca, es decir, una pequeña vacación de irrealidad.

Todos estos son temas profundos y complejos que no caben en las pretensiones, mucho más limitadas, de este libro. Éste sólo quiere ser un testimonio personal, en el que aquellas cuestiones se refractan en la experiencia de alguien que, desde que descubrió, a través de los libros, la aventura espiritual, tuvo siempre por un modelo a aquellas personas cultas, que se movían con desenvoltura en el mundo de las ideas y que tenían más o menos claros unos valores estéticos que les permitían opinar con seguridad sobre lo que era bueno y malo, original o epígono, revolucionario o rutinario, en la literatura, las artes plásticas, la filosofía, la música. Muy consciente de las deficiencias de mi formación escolar y universitaria, durante toda mi vida he procurado suplir esos vacíos, estudiando, leyendo, visitando museos y galerías, yendo a bibliotecas, conferencias y conciertos. No había en ello sacrificio alguno. Más bien, el inmenso placer de ir, poco a poco, descubriendo que se ensanchaba mi horizonte intelectual, que entender a Nietzsche o a Popper, leer a Homero, descifrar el Ulises de Joyce, gustar la poesía de Góngora, de Baudelaire, de T. S. Eliot, explorar el universo de Goya, de Rembrandt, de Picasso, de Mozart, de Mahler, de Bartók, de Chéjov, de O'Neil, de Ibsen, de Brecht, enriquecía extraordinariamente mi fantasía, mis apetitos y mi sensibilidad.

Hasta que, de pronto, empecé a sentir que muchos artistas, pensadores y escritores contemporáneos me estaban tomando el pelo. Y que no era un hecho aislado, casual y transitivo, sino un verdadero proceso del que parecían cómplices, además de ciertos creadores, sus críticos, editores, galeristas, productores, y un público de papanatas inconscientes a los que aquellos manipulaban a su gusto, haciéndoles tragar gato por liebre, por razones crematísticas a veces y a veces por pura frivolidad.

Quiero dejar sentada mi protesta, por lo que pueda valer, que, lo sé, no será mucho. Hay demasiados intereses de por medio, helás. Probablemente, el fenómeno que este ensayo describe en unos cuantos apuntes no tenga remedio, porque forma ya parte de una manera de ser, de vivir, de fantasear y de creer de nuestra época, y que lo que este libro añora sea polvo y ceniza sin resurrección posible. Pero podría ser, también, ya que nada se está quieto en el mundo en que vivimos, que ese fenómeno, la civilización del espectáculo, perezca sin pena ni gloria, por obra de su propia inanidad y nadería, y que otro lo reemplace, acaso mejor, acaso peor, en la sociedad del porvenir. Confieso que tengo poca curiosidad por el futuro, en el que, tal como van las cosas, tiendo a descreer. En cambio, me interesa mucho el pasado, y muchísimo el presente, que sería incomprensible sin aquél. En este presente hay innumerables cosas mejores que las que vieron nuestros ancestros, desde luego: menos dictaduras, más democracias, una libertad que alcanza a más países y personas que nunca antes, una prosperidad y una educación que llegan a muchas más gentes que antaño y unas oportunidades para un gran número de seres humanos que jamás existieron antes, salvo para ínfimas minorías.

Pero, en un campo específico, aunque de fronteras volátiles, el de la cultura, creo que hemos retrocedido, sin advertirlo ni quererlo, por culpa fundamentalmente de los países más cultos, los de la vanguardia del desarrollo, los que marcan las pautas y las metas que poco a poco van contagiando a los que vienen detrás. Y asimismo creo que una de las consecuencias que podría tener la corrupción de la vida cultural por obra de la frivolidad, podría ser que aquellos gigantes, a la larga, revelaran tener unos pies de barro y perdieran su protagonismo y poder, por haber derrochado con tanta ligereza el arma secreta que hizo de ellos lo que han llegado a ser, esa delicada materia que da sentido, contenido y un orden a lo que llamamos civilización."

Centro de dia em Barcelona, da autoria dos arquitetos BCQ

Foto: Carlos Climent

¿Cómo puede un edifício acercarse a un anciano? Por Anatxu Zabalbeascoa

Muchos ancianos del barrio van al parque todas las mañanas. Les gusta pasear, mirar, jugar a la petanca, sentarse al sol. Llegan buscando estar solos o la compañía de los niños que juegan. En ese escenario, como una pieza más de mobiliario urbano, como un pliegue o una protuberancia del parque, con el mismo material de los bancos, el centro del día levantado por BCQ arquitectos parece brotar del lugar. “El edificio es eso: la reelaboración o la mejora de la costumbre de los ancianos de ir al parque. El centro de día es una puerta al parque. Todas las aulas miran hacia él”, cuenta Toni Casamor, que fundó el estudio hace más de dos décadas con David Baena y Josep María Quera.

En el centro de día del parque del Príncep de Girona, en el barrio barcelonés de Horta-Guinardó, los materiales responden a la naturaleza del encargo. Son cómodos, naturales, “conocidos por los ancianos” -inciden los arquitectos- y cálidos. La cerámica hecha a mano es imperfecta y la madera siempre lo es. “Ambas envejecen, tienen arrugas, vetas imperfecciones, como la piel de los ancianos”, cuenta Manel Peribañez, uno de los socios más jóvenes del estudio. El envejecimiento como proceso natural es lo que enseña este edificio que busca no negar la naturaleza del material frente a lo falso o lo que imita. Pero el inmueble también enseña a convivir en una ciudad. La cerámica de la cubierta y las fachadas laterales del Centro lo convierten en un gran portal. Los materiales tradicionales lo acercan al mobiliario empleado en el parque. “Y casi lo convierten en una pieza de mobiliario más”, explica David Baena.

¿Qué es lo que permite que los ancianos se apropien de los espacios? Estos arquitectos creen que es la proporción. La escala del edificio está pensada a partir de las necesidades de la gente mayor. No es un edificio muy grande. “Seguramente los padres de esos ancianos habrán estado en grandes instalaciones, asilos desangelados, muchas veces amurallados y apartados o también recluidos. Los asilos de antes donde, habitualmente religiosos, preparaban a los ancianos para el más allá, contrastan con los centros de día, que hoy son lugares para mantener la independencia de las personas mayores. Y para satisfacer su ocio”, explica Casamor. Mientras visitamos el edificio, algunos ancianos juegan a cartas. Otros asisten a un cursillo. Alguno lee solo. Y varios no hacen nada. Pero nadie está de más. El edificio acoge esa convivencia de usos. Está pensado para ellos y ese cambio generacional se nota en el inmueble. Porches y terrazas en lugar de verjas y muros. El edificio es un lugar tranquilo, flexible y amable. La flexibilidad hace que el centro de día se vaya redefiniendo con las necesidades de sus ocupantes. También que se asiente, casi como un banco más, en un extremo del parque.

Põe quanto És no Mínimo que Fazes

Fernando Pessoa por Almada Negreiros


Para ser grande, sê inteiro: nada
Teu exagera ou exclui.

Sê todo em cada coisa. Põe quanto és
No mínimo que fazes.

Assim em cada lago a lua toda
Brilha, porque alta vive

Ricardo Reis, in "Odes"

quarta-feira, 4 de abril de 2012

Poema de um alemão, por José María Ridao

Günter Grass no ha escrito un poema, sino que ha disfrazado de poema un artículo sobre el programa nuclear iraní. Como poema, Lo que hay que decir no aporta gran cosa a la obra del premio Nobel. Como artículo disfrazado de poema, marca un punto de inflexión en su mirada hacia la realidad internacional. Hasta ahora, el país que perpetró contra los judíos uno de los crímenes más monstruosos de la historia ha evitado cualquier protagonismo en el conflicto de Oriente Próximo, limitándose a respaldar a Israel como forma de expiar el pasado. La posibilidad de que Israel lance un ataque contra Irán y el hecho de que Alemania le haya entregado un submarino capaz de hacerlo llevan a que Grass se interrogue, rodeándose de cautelas, si esa forma de expiar el pasado no podría engendrar nuevas culpas.

La primera cautela de la que se rodea Grass es la elección del género literario para exponer sus argumentos, en los que toma distancia de Israel como alemán que llegó a militar en las SS ya próximo el final de la guerra, según relató en Pelando la cebolla. Al desarrollar sus argumentos como poema y no como artículo, Grass intenta situarlos en el terreno acotado de la creación, invitando implícitamente a compartir una emoción antes que a polemizar con unas opiniones. El premio Nobel se declara, además, “envejecido” y confiesa escribir el poema con “su última tinta”, un recordatorio apenas velado de que se encuentra en el último tramo de su vida. Lo que hay que decir lo dice mediante un género literario y desde una circunstancia personal que anticipa una posible censura, y ahí la segunda cautela. “Antisemitismo”, escribe Grass, “se llama la condena”.

Aunque rodeado de cautelas, lo que Grass está poniendo en cuestión en su poema son los fundamentos de la política alemana y, por extensión, occidental, hacia Oriente Próximo. Alemania, viene a decir Grass, ha entendido que asumir la culpa por el Holocausto le exigía guardar silencio ante cualquier política de Israel. Pero asumir esa culpa y la inquebrantable disposición a seguir asumiéndola estaría favoreciendo que Israel —“ese otro país” que, escribe Grass, se ha prohibido a sí mismo nombrar— mantenga un arsenal nuclear sobre el que no se habla y amenace con un ataque al “pueblo iraní, subyugado y conducido al júbilo organizado por un fanfarrón”. La descripción de Irán recuerda en algún punto la de la Alemania nazi, en la que los alemanes, como podría suceder a los iraníes de perpetrarse el ataque, “solo acabamos”, escribe Grass, “como notas a pie de página”.

La última cautela de la que se rodea Grass es la de que “hay que decir lo que mañana podría ser demasiado tarde”, colocando sus argumentos bajo el signo de la perentoriedad. Pero no solo porque, según se desprende del poema, se podría sacrificar a los iraníes en razón de una “sospecha”, la de que, en su país, se persigue “la fabricación de una bomba atómica”; también “hay que decirlo” porque, de mantenerse Alemania en silencio, y de colaborar con la entrega de un submarino, los alemanes, ya “suficientemente incriminados”, según Grass, “podríamos ser cómplices de un crimen que es previsible”, incurriendo en una nueva culpa vinculada a la antigua, y que “no podría extinguirse con ninguna de las excusas habituales”.

Después de invitar a compartir una emoción y no a polemizar con unas opiniones, Grass apunta una salida. Solo sometiendo a inspección simultánea el arsenal nuclear israelí y el programa que desarrolla Irán cabría esperar que se conjurasen los negros presagios. Para decir esto, un alemán como Grass no podía escribir un artículo, sino que tenía que disfrazarlo de poema. No aportará gran cosa a la obra literaria del premio Nobel, pero supone un punto de inflexión en su mirada hacia la realidad internacional. Hablando desde el estigma, Grass confía en abrir un espacio para que otros lo hagan en libertad.

O que tem de ser dito, por Gunter Grass

Por qué guardo silencio, demasiado tiempo,

sobre lo que es manifiesto y se utilizaba

en juegos de guerra a cuyo final, supervivientes,

solo acabamos como notas a pie de página.

Es el supuesto derecho a un ataque preventivo

el que podría exterminar al pueblo iraní,

subyugado y conducido al júbilo organizado

por un fanfarrón,

porque en su jurisdicción se sospecha

la fabricación de una bomba atómica.

Pero ¿por qué me prohíbo nombrar

a ese otro país en el que

desde hace años —aunque mantenido en secreto—

se dispone de un creciente potencial nuclear,

fuera de control, ya que

es inaccesible a toda inspección?

El silencio general sobre ese hecho,

al que se ha sometido mi propio silencio,

lo siento como gravosa mentira

y coacción que amenaza castigar

en cuanto no se respeta;

“antisemitismo” se llama la condena.

Ahora, sin embargo, porque mi país,

alcanzado y llamado a capítulo una y otra vez

por crímenes muy propios

sin parangón alguno,

de nuevo y de forma rutinaria, aunque

enseguida calificada de reparación,

va a entregar a Israel otro submarino cuya especialidad

es dirigir ojivas aniquiladoras

hacia donde no se ha probado

la existencia de una sola bomba,

aunque se quiera aportar como prueba el temor...

digo lo que hay que decir.

¿Por qué he callado hasta ahora?

Porque creía que mi origen,

marcado por un estigma imborrable,

me prohibía atribuir ese hecho, como evidente,

al país de Israel, al que estoy unido

y quiero seguir estándolo.

¿Por qué solo ahora lo digo,

envejecido y con mi última tinta:

Israel, potencia nuclear, pone en peligro

una paz mundial ya de por sí quebradiza?

Porque hay que decir

lo que mañana podría ser demasiado tarde,

y porque —suficientemente incriminados como alemanes—

podríamos ser cómplices de un crimen

que es previsible, por lo que nuestra parte de culpa

no podría extinguirse

con ninguna de las excusas habituales.

Lo admito: no sigo callando

porque estoy harto

de la hipocresía de Occidente; cabe esperar además

que muchos se liberen del silencio, exijan

al causante de ese peligro visible que renuncie

al uso de la fuerza e insistan también

en que los gobiernos de ambos países permitan

el control permanente y sin trabas

por una instancia internacional

del potencial nuclear israelí

y de las instalaciones nucleares iraníes.

Solo así podremos ayudar a todos, israelíes y palestinos,

más aún, a todos los seres humanos que en esa región

ocupada por la demencia

viven enemistados codo con codo,

odiándose mutuamente,

y en definitiva también ayudarnos.

(tradução de Miguel Sáenz publicada hoje no site do jornal El País. O texto original publicou-se também hoje no jornal Süddeutsche Zeitung)